Sé muy bien que el objetivo de la publicidad es poner de manifiesto una necesidad —o crearla— y mover a los consumidores a que adquieran un determinado bien o servicio. El de la empresa que se anuncia y no el de la competencia. Sin embargo, esa finalidad mercantilista no tiene por qué estar reñida con la presentación de valores positivos, aunque en el fondo su inclusión no sea más que otro intento de manipular al consumidor.

Pero, puestos a ser manipulados, prefiero seguir viendo a aquel niño que mira con ojos asombrados al jugador de baloncesto que le ayuda a dar sus primeros pasos en la cancha que al que asegura que sus zapatillas no saldrán de su cuarto porque lo dice él. Y es que la mejor publicidad de Cola Cao, sigue siendo la de los años 80.

Cola Cao, Tú tomas mucho Cola Cao, ¿verdad?.

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