Los años 80 fueron la década de la psicosdelia por excelencia. Y de la ausencia de vergüenza y sentido del ridículo. Si no, no hay forma de explicar cómo alguien podía ponerse vaqueros lavados, camisetas de colores fosforitos, inmensas hombreras y un amplio catálogo de accesorios y salir a la calle sin correr el riesgo de ser apedreado. Por eso, en medio de ese maremagno es normal que bebidas como Fanta acabaran convirtiendo sus anuncios en una especie de refugio de rechazados en los castings de Blossom, Salvados por la Campana y Colegio Degrassi.

Todos juntos, revueltos y con sabor a naranja.

Fanta, Fanta es lo mío, 1988.

Anuncios